Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad, no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de nosotros mismos“. — Carl Sagan

Cuando las sondas Voyager 1 y Voyager 2 fueran lanzadas en 1977, con el propósito de estudiar los planetas exteriores del Sistema Solar, yo era un bebé de poco más de un año, demasiado pequeño para recordar una de las misiones más importantes desde el lanzamiento de las Pioneer 10 y Pioneer 11 entre 1972 y 1973. De hecho, no supe de la existencia de estas naves hasta bien entrada la década de los 1980, gracias al siempre referido Carl Edward Sagan (1934-1966), a través de su serie Cosmos: A Personal Voyage.

Desde agosto de 2012 los científicos determinaron que la Voyager 1 estaba abandonando la influencia del Sol, al entrar al espacio interestelar. En esta concepción artística, el plasma interestelar se muestra con un resplandor naranja, un color similar al que se ve en las imágenes de luz visible del Telescopio Espacial Hubble, de las estrellas en la nebulosa de Orión cuando viajan a través del espacio interestelar. Imagen: NASA

En 1990, a casi seis mil millones de kilómetros de la Tierra, la Voyager 1 realizó la icónica imagen que sirvió de inspiración a Carl Sagan para su libro Pale Blue Dot: A Vision of the Human Future in Space, una obra que contiene profundas reflexiones sobre la humanidad.

Para 1998, la nave superaba los diez mil millones de kilómetros de distancia, y, para 2013, poco menos de diecinueve mil millones de kilómetros, esto es casi tres veces la distacia entre el Sol y el planeta enano Plutón, en su punto más alejado.

Las sondas Voyager 1 y Voyager 2 en el borde de la heliosfera, la burbuja creada por el viento solar. Imagen NASA

Treinta y seis años le tomó a la sonda Voyager 1 llegar a donde nadie ha llegado. Treinta y seis años para alcanzar la región que separa al Sol de otras estrellas, una proeza que dice mucho de nuestros retos como especie de cara a la exploración de otros sistemas estelares y nos recuerda la pequeñez del ser humano ante un universo —que es de todos— en donde toda una vida no es suficiente para descubrirlo.

Con información de la NASA.
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